Fabio Bedoya Artista Contemporáneo Colombiano | Venta de obras de arte | historia | cultura | artesanía | arquitectura | escultura | arte contemporáneo | movimientos artísticos | movimientos artísticos | contemporáneos | Arte moderno | artes visuales | arte efímero | Arte conceptual | postmodernidad | historia | cultura | artesanía | arquitectura | escultura | obras de arte | arte contemporáneo | movimientos artísticos | movimientos artísticos | contemporáneos | Arte moderno | artes visuales | arte efímero | Arte conceptual | postmodernidad
El hombre y el paisaje que lo rodea como un calidoscopio en gamas verdes, azules y terracotas es la esencia de mi obra pictórica. Paisaje de una propuesta de lo que la ciudad exterioriza como una amalgama de emociones reflejadas. Paisajes en forma de “sustancia” en un plano en el que participa el color, la intervención en la tela, dejando huella y creando una tensión composicional en el contenido de la obra. Mis pinturas son una compilación de lugares transitados muchas veces en tiempos y atmósferas diversas pero trasladadas a partir de experiencias traídas desde la naturaleza, sacando a la luz otro paisaje subyacente en tensión, como una memoria rigurosa de la ciudad. El color que aplico por combinación y contraste definen por esencia ese carácter emocional de toda mi obra; o mejor el paisaje que plasmo en la tela constituye mi búsqueda personal; logrando así una pintura más íntima, menos anecdótica, más versátil, menos literal. En fin, una pintura, que en su formalidad se ofrece un tanto hosca y caótica al espectador pero que traduce mi visión de creador de esos contrastes que presenta la ciudad que habitamos y su paisaje multicolor.
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Biografía

1954 - 1964

Fabio Bedoya nació en Medellín, Antioquia en el año 1954. Desde niño descubrió sus habilidades artísticas a partir del dibujo y la pintura, en un barrio de una de las comunas de la ciudad; su padre dirigía en compañía de otro socio, un taller de anuncios, vallas  y avisos publicitarios, y en un sitio adecuado para el “diseñador” éste realizaba por momentos dibujos caprichosos, que nada tenían que ver con los encargos publicitarios y los dedicaba a imaginar rostros y partes anatómicas de personas imaginarias, sólo con el objeto de mantener sus destrezas con el dibujo; de esta forma iba acumulando hojas de papel con retratos irrepetibles,  uno tras otro, con lo que lograba además, mantener la visita del asiduo visitante, a quien no sólo toleraba sino que iba explicando algunos trazos atendiendo sus ingenuas preguntas.

1964 - 1966

A los diez años, cuando cursaba el grado 3º elemental, su padre le hace un regalo que marcará su historia: una hermosa caja de colores, contenida en un estuche metálico; con este regalo se libera su entusiasmo por descubrir la magia del color; siempre los lleva en su maleta, junto a los cuadernos, como si todos los días hubiese clase de dibujo; la maestra entiende que debe aprovechar ese ímpetu del niño por pintar y constantemente le encarga que trace mapas de colores sobre la pizarra para ilustrar las clases; los encargos incluyen partes del cuerpo humano, cuadros sinópticos e incluso textos y títulos relacionados con el contenido de la clase; la maestra saca de un lugar oculto en su escritorio, un material hasta entonces desconocido: las tizas de colores que manchan con los diversos pigmentos, amarillo, azul, rojo, magentas, sus manos y sus camisas; al llegar a casa la madre le dice: -ah, estuviste ayudándole a la maestra; qué dibujos hiciste hoy? Ella se sentía orgullosa de saber que su hijo era llamado por su maestra a ilustrar la clase con los trazos y dibujos que ella requería.

Los años de formación se hicieron más ligeros y gratificantes por el anhelo de hacer muchos dibujos; cuadernos y cuadernos se llenaban desesperadamente; esta fiebre de niño obliga al padre a conseguir su primer maestro: Luis Abdenago Gutiérrez, quien iba todas las tardes a cenar a la casa del pequeño aprendiz, tras lo cual se iniciaba una didáctica en la que no se paraba de hacer trazos y líneas con carbones; “mira, tú conoces Girardota; debes procurar hacer una línea aquí, desde esta mesa hasta ese pueblo”; era una manera pedagógica de explicar una cualidad que más tarde tendría que incorporar a este oficio: la dedicación. 10 años más tarde, el fiel pupilo acompañará a su maestro a recibir el primer puesto en el concurso nacional de Acuarela, que seguiría enalteciendo su obra durante tres años consecutivos, hasta ser declarado fuera de concurso. Treinta años más tarde Fabio es seleccionado en la última versión del salón nacional de la acuarela, allí recordó las frases, que a manera de premonición, le dijera su maestro de infancia: -Un día quiero saber que vas a estar exponiendo en este lugar.

La madre, fue de algún modo inspiradora de la vocación artística de su hijo, ya que su condición de artesana de la modistería, atraía su miradas sobre la destreza de sus dedos mientras cortaban la tela o la pasaban bajo la aguja rítmica y sonora de una Singer; su esmerada labor le iba dando forma a muchos trajes en que incluía detalles hechos con filigrana, lentejuelas y encajes; cuando estaban a punto de ser terminados, ella les daba la vuelta, satisfecha del avance en su obra, mientras el niño miraba desde la cama la prenda creativa que una mujer luciría en una fiesta u ocasión especial.

Asistió por espacio de seis años a unas terapias con psiquiatra a causa de un accidente de tránsito cuando iba en un bus urbano y se lanzó, antes que el vehículo se detuviera, en un intento por imitar las destrezas de algunos mayores; tras caer al suelo aparatosamente, Fabio vuelve en sí en una amplia sala de hospital y a partir de entonces debe ser visto semanalmente por un psiquiatra, que evalúa la recuperación de sus funciones cerebrales; en las consultas siempre asignaba al pequeño paciente la tarea de dibujar partes del rostro, cuerpos y situaciones; también debía descubrir qué imágenes se escondían tras una serie de figuras deformadas, elaboradas sobre papeles de acuarela, por un dibujante avezado. Este episodio ubicará desde entonces al futuro artista ante otras posibilidades de crear; nunca hubiera imaginado en aquellos momentos que en años futuros encontraría en el abstraccionismo un canal de expresión que ligado al manejo del color le permitiría identificar su gusto por quebrar cánones que limitan el acto creativo.

1966 - 1974

En el año 1969, a la edad de 12 años y asido a la mano de su madre, quien atendía de esta forma la recomendación del psiquiatra, ingresó a la Escuela de Bellas Artes; allí se había destinado un área especial para niños y jóvenes; coincidencialmente en ese momento se llevaba a cabo una muestra de pinturas de los alumnos sobresalientes; madre e hijo estaban sorprendidos por la belleza y el rigor de la muestra; les llamó la atención un desnudo femenino realizado al carboncillo, que representaba una pose reposada en una silla vienesa; la pureza de ese dibujo hace decir a la madre unas palabras que tenían fuerza de futuro: “Sé que un día lo podrás hacer igual o mejor…, en cuanto empieces a pintar”, tal fue la impresión del chico al ver aquel desnudo que intuyó: este dibujo puede estar en un gran museo.

 

En el salón de principiantes, de la escuela de Bellas Artes, tienen lugar los primeros encuentros con una formación más rigurosa que le daría espacios para sorprenderse con materiales nuevos: arcillas, tornos, piedra, hornos quemadores, hierro, maderas, entre otros, que cautivarían su atención, dándole la oportunidad de pasearse por los talleres y las aulas de clase donde surgiría la pasión de ver a otros alumnos desplegando su talento por el dibujo y la pintura; y luego de evaluar sus impresiones respecto a esa primera etapa de experimentación con materiales duros y maleables, determinaba que era el trabajo frente a un caballete, aquello con que se identificaba; estar sentado en una butaca, usando sanguinas y carbones, deleitándose en un atmósfera de aprendizaje en donde el maestro planteaba la aplicación de la geometría en el proceso de darle forma a los trazos iniciales que se transformarían luego en un bodegón colorido, en una figura de yeso o en objetos quietos.

Con el transcurrir del tiempo el joven aprendiz avanzaba en la formación y descubría nuevas técnicas que procuraba aplicar con rigor, por lo que aprobó las primeras materias con éxito y de esta manera fue postulado con otros compañeros a recibir la Beca que anualmente otorgaba la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín, una organización altruista que buscaba talentos en todas las áreas de las artes, y que no solo estaba en búsqueda de estimular a los estudiantes, sino que también se inquietaba por el ornato de la ciudad y el cuidado de los bienes culturales.

Fue también en la escuela de Bellas Artes donde tuvo oportunidad de asistir a los talleres y seminarios sobre historia del arte, unas lecciones muy animadas que impartía el profesor Vieira, historiador y abogado, quien despertó en él la alegría de conocer la vida y la obra de los grandes maestros; para Fabio Bedoya, la llegada a clases del viejo profesor Vieira, cargado de libros, textos con ricas imágenes de la historia del arte y un excelente humor, se convertía en una fiesta amena, porque sus explicaciones eran jocosas y tenían la virtud de transportarlo a escenarios ideales en el desarrollo del arte, como el museo de Louvre, el Prado, el Metropolitano de Nueva York; a través de su enseñanza supo que en esos espacios se encontraban las obras originales de los grandes maestros. En el aula había un viejo proyector con un solo carrusel, el cual tenía unos fallos y se apagaba intermitentemente, generando una breve penumbra tras la cual los estudiantes se preparaban para que rotaran de mano en mano, los textos, libros y revistas donde podían seguir viendo las imágenes; al fondo el sonido de los pianos y violines producido por los aprendices de música hacía más solemne la enseñanza.

Orígenes del gusto por el paisaje - 1980

Su padre tenía un camión Chevrolet con una carrocería de estacas en el que recorría pueblos cercanos transportando ganado y otras mercancías; durante las vacaciones invitaba a su hijo a acompañarlo en estas travesías; se trataba de intensos encuentros con un territorio de geografía agreste; esta aventura le conducía al asombro frente a la exuberancia de los vastos relieves; eran momentos de contemplación, ante el espectáculo de las cordilleras; su espíritu se nutrió y desde entonces quiso traer a sus telas esos lugares trasegados.

 

En la búsqueda que lo lleva a definir el paisaje como centro de su mayor interés aparece la ciudad también circundada por colinas y montañas, pero habitada por miles de personas absortas por el trajín de las fábricas y el comercio, desenfocadas de la belleza del entorno; entendía de repente su interés en acercar el entorno geográfico al alma humana a través de sus lienzos, en los que se configura una relación entrañable entre el adentro y el afuera; las salidas al campo lo inducen a una exploración del verde en sus múltiples matices, que se transforman incesantemente desde los albores del día hasta la puesta del sol; a la manera de un de un caleidoscopio permiten representar la fuerza expresiva del paisaje en las diferentes horas del día.

 

Para el joven aprendiz era necesario atender las recomendaciones de sus tutores, orientadas a cómo desarrollar la observación, fundamento de todo arte y por ello dedicaba horas a recorrer parques, calles cafeterías y hasta estaciones de buses con la libreta de apuntes donde capturaba imágenes y movimientos urbanos, logrando hacer trazos rápidos que se dificultaban cuando las personas escondían sus rostros o se volvían a otro lado, ajenos por completo a la labor de un incógnito dibujante.
Fabio pasaba mucho tiempo en su dormitorio, pintando hasta altas horas de la noche; a su alrededor había pinceles regados, bastidores de varias dimensiones y cartones; los óleos y la trementina configuraban un fuerte olor ante el que era preciso encender el pequeño ventilador, para dispersar aquel pesado vaho a través de la ventana y así poder salvar unas horas de sueño al día que se dilataba en alegría y deseos de crear.

 

Concluida su etapa de formación en la escuela de Bellas Artes, el interés por alcanzar sus sueños lo lleva a indagar sobre nuevas inquietudes que afloraban en su alma; transcurrían los años setenta y se produce en él una ruptura entre la academia y las alternativas que la vida misma le ofrecía para seguir formando su talento; surge entonces un ritmo vital que lo lleva a visitar asiduamente museos, galerías y talleres en el curso de una agenda imaginaria que duró mucho tiempo y le permitía sintetizar un conjunto de miradas como un paso necesario para descubrir su propio camino.

 

A Medellín, su ciudad natal, llegaron eventos de gran renombre, como la primera y segunda bienal de arte de Coltejer; los Salones Anuales de artistas colombianos y algunas muestras internacionales que podían ser apreciadas en los museos locales, así como también en la sede del Instituto Colombo-Americano que con el concurso de la embajada de dicho país, permanentemente traía desde esa nación muestras de gran relevancia; esta interacción con los espacios donde se exhibe el arte contemporáneo, generó en el espíritu de Fabio el impulso para desarrollar su propia visión del arte; se trataba de una tarea ardua, similar al esfuerzo que implica salir de un laberinto.

La presencia de esta artista norteamericana en la vida de Fabio Bedoya, se convierte en una circunstancia que alienta su interés por sumergirse en el tema del paisaje; Lorna llega de la universidad de Massachusetts, con el propósito de realizar una pasantía de tres meses durante los cuales abre espacios de aprendizaje a los que él se vincula; entre los talleres al aire libre y sus enseñanzas, maestra y alumno instauran un diálogo muy personal; tras su regreso a E.U. la relación se fortalece a través de fotografías, cartas y diapositivas que van y vienen a través de los servicios postales, llevando además recomendaciones y reconociendo su avance; a través de la correspondencia se prolongaba la presencia de la maestra y se ahondaba el nexo pedagógico; en ocasiones ella le alegraba contándole: -Hemos visto tus dispositivas en clase; conversamos de tu propuesta con los estudiantes-. Esta comunicación se extendió en un lapso de cuatro años.

 

Lorna suscita en Fabio una conexión con la obra de Paul Cezzanne, pintando más de 30 veces la montaña de Santa Victoria desde su taller; este hecho le impactó no sólo por la disciplina implicada en este ejercicio sino porque de esta manera descubría que la luz caía sobre la montaña de forma diferente en cada puesta de sol, asumiendo por esta vía, la preocupación de la escuela impresionista; Cezzanne es para Fabio un precursor en la necesidad de transformar el paisaje; surge posteriormente el encuentro con los pioneros del expresionismo alemán, liderado en cierta medida por Kandinsky, Sonia Delaunay y Hans Hofmann quienes contribuyeron a que encontrara los elementos necesarios para construir su propia obra.

1986 - 1994

A través de las búsquedas efectuadas con la necesidad de conseguir un trabajo, ingresa al departamento de arte de una agencia de publicidad, donde por sincronicidad, encontró en su director, a un hombre que alternaba este oficio con las tareas propias del arte; se trataba de Justo Arosemena, un artista panameño quien también se desempeñaba como Cónsul honorario en Medellín; era un ser humano invaluable por su calidez, su capacidad de emocionarse y su elevado concepto de la amistad; al finalizar la jornada en el departamento de diseño, invitaba a algunos de sus empleados a un garaje doble y dotado como taller de arte, a donde llegaba otro grupo de aprendices; este colectivo pasaba varias horas a la semana en un encuentro con la figura humana; generalmente se disponía de una modelo de tez morena, poseedora de una belleza única y un joven atlético que posaba una vez por semana; cuando el maestro Justo cierra la agencia de publicidad e instala su taller en una colina elevada, distante de la gran ciudad, Fabio se dirige a Bogotá, con la intención de laborar en una empresa similar.

 

Transcurren los años ochenta; Fabio llega a la gran metrópoli y encuentra una oportunidad de trabajo en una agencia de publicidad; en las noches procura asistir a cuanta exposición se mostraba, en lugares como la biblioteca Luis Ángel Arango, el MAM, el Callejón del Norte, la galería Diners y otras ubicadas en el centro de la ciudad; en todos estos recintos encontraba una ventana para conocer el arte actual; se instala en el sector de la Candelaria, un barrio tradicional y colonial de la capital donde lo esperaba una experiencia similar a la que recién había terminado, como si la vida misma le indicara la necesidad de sostener la conexión a un colectivo, que era a la vez un engranaje de amistad; por las noches creaban un taller de figura humana el cual se fue consolidando en torno a diez participantes; se reunían tres veces por semana y derrochaban apuntes y estudios con el ánimo de mantener despierto el interés de conservar la idea del dibujo.

 

Los domingos era frecuente realizar con cinco de estos amigos algunas salidas de campo a Chía, Funza, Sopó, Facatativá y otros pueblos cercanos a la sabana con el ánimo de descubrir y pintar su paisaje; Fabio ingresa a la Universidad Nacional para estudiar artes Plásticas, pero se retira al terminar el tercer semestre a raíz de los paros sucesivos y de las manifestaciones estudiantiles a las que era muy ajeno; en ese momento había un gran fervor por el resurgimiento de los movimientos de izquierda en Colombia; este estado de cosas desalentó la idea de concluir sus estudios por lo cual continúa trabajando en publicidad; transcurridos cinco años regresa a Medellín donde la vida le plantea redireccionar a una actividad comercial pero siempre sin abandonar la búsqueda estética.

2008 -2010

Entre el año 2008 y 2010 participa como consejero municipal de cultura, experiencia que le permite revisar y sugerir políticas públicas con el objetivo de incrementar el compromiso de las administraciones de gobierno con los artistas logrando que el Concejo Municipal de Medellín aprobara algunos acuerdos sugeridos. En su inquietud por articularse a otros artistas con el propósito de divulgar la obra en otras latitudes, Fabio hizo parte del nacimiento de dos colectivos denominados: “Acceso”, y “Visiones y territorios” que constituyeron una experiencia organizativa del grupo artístico y un eco positivo del arte colombiano en el exterior.

2010-2016

El interés del artista implica abarcar esa ciudad que es a la vez una fiesta y un caos; el anhelo de conjugar esta simbiosis entre el paisaje urbano y el paisaje natural; cuando hace su trabajo se preocupa más por los bordes del lienzo perdiendo el interés por centrar elementos y dándose cuenta que ante la urgencia de plasmar la suma de las emociones del diario vivir, el horizonte se vuelve añicos en su obra.
Fabio no es ajeno a las propuestas vanguardistas del momento; abre su pensamiento a las experiencias innovadoras por medio de las cuales se manifiestan los diversos lenguajes del arte y la necesidad individual de comunicarse a través de la obra. Esta postura lo sitúa en la búsqueda de cambios que aseguren una  experiencia similar a la del arqueólogo que no obstante estar ocupado ante vestigios de edades remotas, establece una conexión con el tiempo presente; en las intervenciones sobre la pintura fresca, usando diversos elementos, con el objetivo de remover las capas de colores anteriores,  pretende significar un estado de no tiempo que invita al espectador al reto de ingresar en unas cadenas de sentido que le permiten salvarse de la unidimensionalidad